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No será la última

Por Javier Risco

No sé si vaya a escribir mil palabras –no te angusties…–, pero sí puedo asegurarte que en lugar de estar leyendo esto, pudiste haber visto una fotografía de marzo de 2021; en ella aparecen mi madre, con lentes oscuros; mi padre, en traje de baño; mi hermana, rodeada de toallas; y yo, tomando una piña colada. Todo esto con vista al mar. El editor me contestó amablemente después de mi sugerencia que la idea era inaugurar un espacio lleno de letras y no una fotogalería personal de nadie; supongo que al consultarlo con dos o tres personas que lo rodean en la oficina de Fiesta Americana, coincidieron en que más que atraer clics, la foto de mi familia ahuyentaría a los visitantes, condenando este nuevo espacio al olvido. En fin, no aceptaron la foto y aquí me encuentro escribiendo estas mil palabras.

Tal vez no me expliqué bien. Entiendo lo poco atractiva que es una fotografía de mi familia, pero trataré de justificar el atrevimiento. Uno nunca se da cuenta de la última vez que suceden la mayoría de las cosas o de los encuentros, el último abrazo, el último beso, un último regaño o una última cena… o en este caso una fotografía. Pocas veces tenemos la lucidez para detenernos y decir: “Esto, que está sucediendo en este momento, no va a volver a pasar”. Sinceramente, cuántas personas se han atrevido a decir con esa categoría que nunca más volverían a ver a su mejor amiga de la preparatoria, que nunca más volverían a brindar con su tío favorito o que ese sería el último gol que marcarían en un torneo, por muy amateur que fuera. Muy pocas personas, casi ninguna: no hay necesidad de mentir.

Creo que la próxima vez que me pregunten “¿Qué superpoder te gustaría tener?” (tengo un hijo de 6 años, ese tipo de preguntas son más frecuentes de lo que crees), contestaré que me gustaría saber cuándo será la última vez de ciertos encuentros, sabores, momentos. No te dejes engañar pensando en que es un deseo con tintes melancólicos y tristes; no, al saber que no se repetirá ese preciso momento, este se saborea, se disfruta más, se atesora diferente. Digamos que es un superpoder agridulce.

Eso fue lo que sucedió en marzo de 2021, el encuentro de nosotros cuatro solos, esa fotografía, sin acompañantes, sin agregados, sin nietos, hijos, tíos, amigos… nadie más que nosotros cuatro. No es que no nos hayamos visto en años, no: nos vemos con frecuencia, pero siempre acompañados, porque la vida pasa y porque se agregan a tu primer núcleo esposo, esposa, hijos, sobrinos… –ojo, no es queja. Bueno, de uno que otro arrimado tal vez, pero así es–. En noviembre cumplo 39 años, tengo una esposa que vive para viajar, un hijo de 6 que es adicto a las albercas y una bebé que llegará en noviembre queriéndose comer al mundo; mi hermana tiene dos hijos maravillosos que son los mejores amigos del mío; y mis padres, ellos siempre están juntos. Así que siempre viajamos acompañados, a veces sin mi hermana, a veces mi padre se queda trabajando, otras veces el ausente soy yo, etc. De pronto, ese marzo de 2021, el azar nos juntó en el puerto de Veracruz, por razones que no escribiré por acá –porque no quiero condenarte a las mil palabras–, estábamos solo los cuatro, en cuatro camastros, como no ocurría desde las vacaciones del verano de 2003, la última vez que nos fuimos los cuatro juntos; yo de 20 y mi hermana de 10. Después preferí las vacaciones con los amigos y las de la universidad, mis padres se mudaron a otro estado, mi hermana se volvió una adolescente.

 

¿Cómo fue que pasaron dieciocho años para que se repitiera ese momento? Llegó del azar y así se fue: solo estuvimos así unas horas. Después de habernos dado cuenta, de platicarlo con sorpresa, hemos prometido que tiene que volver a suceder, aunque las agendas lo complican todo y el corazón exige la presencia de sus personas agregadas necesarias.
Después de esto uno piensa en la última vez de tantas cosas, sobre todo cuando se es feliz, en una playa, en una hacienda de Querétaro que no sabes que sigue existiendo, encima de un caballo junto a tu abuelo.

 

Veo que la justificación de la foto era un poco más extensa que dos renglones, retiro los adjetivos que le puse en mi mente al editor y me quedo con la imagen que al menos para este texto vale más que 749 palabras.

 

*Nota al pie: El lugar de encuentro con vista al mar fue el Grand Fiesta Americana Veracruz; entrada después de la comida, alberca por la tarde, salida a la mañana siguiente. Ya está la promesa en la familia de que esa vez no será la última.

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